CÁNTICOS DE LA LEJANA TIERRA

José Santos Leal

   Este texto ha sido incluido en el libro "Cuadernos de mar vol.IV", editado por la biblioteca del I.E.S. La Marina en la primavera de 2008

            ¡Qué sería del cine sin su música! Qué sería del asesinato en la ducha sin los violines chirriantes en Psicosis, o del misionero Gabriel sin la melodía de su oboe en La misión. Cómo sonaría el ¡Soy el rey del mundo! en la voz de Leonardo di Caprio sin la tonada irlandesa que lo acompaña en Titanic. Qué diferente sería Amelie si su historia no estuviese aderezada con ese melancólico vals compuesto por Yann Tiersen.

Dicen los expertos que una buena banda sonora no debe “oirse” mucho, es decir, no debe distraer en exceso la atención del espectador sobre la narración en pantalla. Sin embargo es el elemento que en mayor medida nos hace empatizar con los personajes: nos transmite emociones que de otra manera no captaríamos con la misma intensidad.

Por eso quiero invitar al lector a un viaje, un viajecito en el que visitaremos algunas de esas músicas que han contribuido a engrandecer el séptimo arte. No se trata de un viaje largo ni arduo, sino más bien de un paseo desordenado y lúdico a través de la lectura. Y no solo a través de la lectura convencional, sino también musical, porque la música también se lee, que para eso tenemos ese lenguaje escrito llamado solfeo.

Todos los ejemplos musicales que aparecen en este artículo están simplificados para poder ser interpretados con instrumentos de aula, pero no es obligatorio hacerlo: uno tiene derecho a leer sólo lo que le apetece y saltarse lo que no. Espero que el paseo resulte grato.

Nuestro recorrido se va a ceñir al género de la ciencia-ficción, y comenzará con una película que, precisamente, carece de banda sonora original. Ese es, en cierto modo, el sello de Stanley Kubrik, su director: utilizar piezas de música ya existente para ilustrar sus películas. Se trata de 2001: Una odisea espacial, un film de 1968 que, aunque pueda parecer pasado de moda, y aunque podamos pensar que los adelantos técnicos de la época hacían inviables unos efectos especiales realistas, lo cierto es que algunas de sus escenas resultan, todavía hoy, sobrecogedoras.

Fijémonos en dos escenas clave de esta magnífica película: La primera es esa en la que la narración pasa de una época muy lejana, cuando la tierra estaba habitada por simios, a otra futurista dominada por las naves espaciales. En la última imagen de los simios aparece uno de ellos golpeando con fuerza unos huesos contra otros, haciendo que salten cada vez más alto. La escena termina con un hueso suspendido en el aire mientras suena la impresionante música de Richard Strauss: Así Habló Zaratustra. La combinación de imágenes y música es tan impactante que, aunque la música fue compuesta 72 años antes, ha quedado ya inevitablemente ligada a esa escena.

 

Esta pieza tiene algo de primitivo, con esos descarnados golpes de timbal finalizando cada frase, y con el contraste entre una sola trompeta, al comienzo, y toda la sección de metales a continuación. Desde luego es una música que no deja indiferente a nadie.

El otro momento especial es la escena en la que vemos una enorme nave espacial “flotando” en el espacio, con el planeta tierra, azul y enorme, al fondo. Probablemente, si nos pusieramos en el lugar de Kubrick y buscásemos una música para esa escena, seguramente lo último que se nos ocurriría sería un vals. Pues sí, nada menos que un vals vienés del siglo XIX, y no un vals cualquiera, sino precisamente uno de los más famosos: El Bello Danubio Azul, compuesto por Johann Strauss en 1867.

 

 

Con esa melodía sonando parece que la nave espacial estuviera bailando con la tierra una danza muy elegante y suave, y al mismo tiempo nos transmite una sensación de perfección y armonía. El Bello Danubio Azul es la obra más conocida de Johann Strauss (hijo), junto con la Marcha Radetzky, que cierra cada año el famoso concierto de Año Nuevo. Pero no debemos confundir a los dos autores que acabamos de mencionar: Richard Strauss y Johann Strauss no tienen ninguna vinculación aunque comparten apellido. 

Es curioso cómo se utiliza la música clásica dentro del cine de ciencia-ficción. Incluso compositores actuales vuelven al estilo y a los instrumentos clásicos para realizar bandas sonoras de películas futuristas. Es el caso de John Williams, compositor importantísimo, nacido en 1932, autor de más de 90 bandas sonoras, entre ellas algunas tan importantes como La Guerra de las Galaxias, Harry Potter, Parque Jurásico o Indiana Jones, además, claro está, de todas las secuelas de cada una de ellas.

El estilo de John Williams recibe gran influencia de compositores del post-romanticismo alemán, como Richard Strauss o Richard Wagner, este último inventor de una técnica conocida como leit motiv consistente en asignar una melodía diferente a cada uno de los personajes, situaciones o elementos de la trama argumental. Por supuesto, Wagner nunca aplicó esta técnica a la música cinematográfica sino a la ópera, entre otras cosas porque el cine sonoro no se inventó hasta muchos años después de su muerte; pero Williams sí la aplica con frecuencia. Un ejemplo muy claro es la melodía (a partir de ahora la llamaremos tema) de Indiana Jones: una música triunfal y heróica que escuchamos cada vez que el protagonista logra una proeza:

 

o el tema de Superman, igualmente heróico y con ritmo de marcha, igual que el anterior:

 

 

Pero no siempre el leit motiv se utiliza cuando vemos en escena a un personaje, sino que puede escucharse cuando otro personaje se acuerda de él o cuando se “intuye” su presencia. Así ocurre en la película Tiburón: oimos los famosos staccatos de violoncellos en crescendo y sabemos que el escualo anda cerca, aunque no lo veamos en pantalla:

 

Quizás la aportación más importante de Williams al cine de ciencia-ficción sea la saga de La Guerra de las Galaxias, donde el carácter sinfónico cobra especial importancia. Toda su banda sonora está realizada con instrumentos orquestales y con técnicas compositivas de finales del siglo XIX. En esta monumental obra, el leit motiv no solo se aplica a los personajes, sino también a situaciones concretas, lugares, sentimientos de los protagonistas, etc. Veamos algunos ejemplos:

El tema de la Princesa Leia, una melodía llena de delicadeza e inocencia, muy romántica, interpretada por el sonido sutil y delicado del oboe:

 

 

El tema de Luke, es decir, el del heroe, el que siempre gana al final; por eso es una melodía triunfante en forma de marcha, que además es el tema principal de la película, el primero que oimos y el más reconocible:

 

 

El inquietante tema de los rebeldes:

 

 

El de la fuerza, la famosa fuerza, con un cierto aire de melancolía, de anhelo inalcanzable, aunque reafirmado con poderosos golpes de timbal:

 

 

Y el de los malos malísimos, es decir, el tema imperial, que representa las ansias de poder:

 

 

Hay ocasiones en que la música adquiere tal importancia dentro de la película que se hace imprescindible para desarrollar el argumento, como en la famosa escena de Casablanca en la que Sam, el pianista, toca As time goes by cuando se lo pide la chica. A esta música que forma parte de la trama se le llama diegética, y John Williams nos propone un buen ejemplo de ello en Encuentros en la Tercera Fase, una película del año 1977 cuyo título en castellano, por cierto, es una muestra de esas extrañas traducciones que se dan a veces a las películas extranjeras: Close Encounters of the Third Kind. La escena en concreto es aquella en la que los extraterrestres aterrizan en nuestro planeta y a los científicos que observan el milagroso acontecimiento se les ocurre comunicarse con ellos mediante una sencilla melodía que se va repitiendo a modo de diálogo entre las dos civilizaciones:

 

 

Williams utiliza esta melodía de un modo curioso: los científicos la interpretan con sintetizadores y cuando los extraterrestres la repiten desde su nave suena con instrumentos orquestales: trombones, tuba, etc. como si la sonoridad orquestal fuera de otro planeta y en cambio el sonido electrónico representase nuestra civilización.

Pero dejemos a John Williams y vayamos terminando nuestro viaje con otra película que también fue un hito en la historia del cine, aunque con una banda sonora completamente diferente. Se trata de Blade Runner, con música de Vangelis, un compositor griego que se caracteriza por la utilización de sintetizadores e instrumentos electrónicos. Su obra más famosa es la que compuso en 1981 para la película Carros de Fuego:

 

 

La película cuenta la historia de unos jóvenes atletas que se preparan para las Olimpiadas y su música llegó a convertirse en un himno oficioso de los Juegos Olímpicos en general. No pertenece al género que nos ocupa, pero sí el siguiente trabajo de nuestro autor. Vangelis acababa de triunfar con Carros de Fuego cuando se embarcó en otra película con un presupuesto no muy alto y que pasó por los cines sin pena ni gloria, o más bien se puede decir que fue un fracaso en taquilla. No es de extrañar si tenemos en cuenta que tuvo que competir con otra película mucho más comercial y con un presupuesto y un trabajo de promoción muchísimo mayor que se estrenó el mismo año y el mismo mes: E.T.

Corría el año 1982 y aunque Blade Runner no obtuvo, ni de lejos, los beneficios económicos que alcanzó E.T. –por cierto, con música también de John Williams– el tiempo se ha encargado de poner las cosas en su sitio y hoy es considerada una joya del cine de ciencia-ficción.

De su banda sonora lo que más se conoce es la pieza que se escucha al final, cuando aparecen los títulos de crédito. Una música que tiene dos elementos muy contrastantes: por un lado una melodía en agudos muy lenta, interpretada con algo parecido a unos violines –se trata de un sintetizador– 

 

 

y por otro un acompañamiento grave con un ritmo bastante rápido de semicorcheas que se repite constantemente. A este elemento repetitivo los músicos lo llamamos ostinato:

 

 

            La película es muy recomentable, igual que todas las que hemos repasado, y además es una obra que se desarrolla en muchos planos diferentes, o sea, que tiene múltiples lecturas: la historia propiamente de ciencia-ficción, la trama policíaca, el aspecto sentimental de los personajes, las cuestiones filosóficas que plantea... Por su complejidad dicen los entendidos que se disfruta más cuando se ve por segunda o tercera vez.

Con esta obra maestra ponemos fin a este viaje, pero antes quisiera hacer una aclaración y una proposición.

La aclaración: El título de este artículo: Cánticos de la lejana Tierra (The songs of distant Earth) corresponde a la evocadora novela escrita en 1986 por Arthur C. Clarke que cuenta una historia extraordinaria ambientada en el año 3109 y que sirvió de inspiración para una obra musical con el mismo título, también recomendable, compuesta por Mike Oldfield. Oldfield siempre ha sido gran admirador de Clarke y de Kubrik.

La proposición: La lectura es un acto de disfrute personal, igual que la música, asi que ¿por qué no combinar ambas cosas? Propongo al lector que cuando inice una novela la acompañe de un disco que le sea afín, a ser posible instrumental, para que la voz no distraiga, y de música más bien suave; y que siempre que se disponga a leerla la acompañe con esa misma música. De este modo la música y la novela quedarán ligadas para siempre en el subconsciente del lector: cuando escuche la música se acordará de la novela, y cuando relea la novela querrá volver a escuchar ese disco. La música es buena compañera de una buena lectura.